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lunes, 22 de enero de 2018
El sueño de Cosme después de 400 años
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- Por: Marta Escribano García, Irial
Primer premio de 2º de Educación Secundaria

Cuatrocientos años del nacimiento del Padre Cosme.  Parece mentira la de tiempo que ha pasado y cómo su obra ha llegado hasta nuestros días.

 

Yo soy Wanda, una chica de quince años, de Córdoba.  En realidad nací en Venezuela, en febrero del 91.

 

Llevo aquí desde los cinco años, y estudio en el colegio de Nuestra Señora de la Piedad.

 

En mi colegio estudio todas las asignatura, pero aparte también me dedico a hacer trabajos de mi fundador, el Padre Cosme, una vez al año.  Durante los ocho años que llevo aquí, he oído hablar mucho de él.  Y ahora que se van cumplir cuatrocientos años de su nacimiento, me he parado a pensar la suerte que tengo de estudiar aquí.

 

Desde que fue fundado el colegio, las monjas y profesores, no han parado de ayudarnos a salir adelante.  Y es que desde el principio, lo más importante ha sido el alumno y nunca el profesor, como era costumbre en tiempos del Padre Cosme.

 

En fin, que me parece muy importante su labor, y me llena de alegría ser alumna de este colegio.  Sobre todo después de lo que me pasó en vacaciones.

 

Este verano, como siempre, me fui de vacaciones a mi ciudad natal.  Y estando allí me enteré de que en la capital habían puesto un comedor para pobres.  Y, aunque no tenía ningunas ganas de ir, algunos amigos que tengo allí me dijeron que era muy bonito, que ellos comían allí la mayoría de los días, y que no me podía volver a Córdoba sin haberlo visto.  Y yo, por no hacerles el feo, fui a verlo.  Total no tenía nada que perder y la capital estaba a unos tres kilómetros cuesta abajo.  Entonces pensé  que en bicicleta tardaría menos en llegar, así que la  fui a buscar al desván y partí para allá.

 

Imaginaos cual fue mi sorpresa al encontrarme allí una monja bastante joven de mi colegio.  Al verla me quedé tan sorprendida que no me salieron las palabras para decirle nada.  Solamente se me ocurrió avanzar hasta ella.  Cuando me vio, me saludó.  Y fue en ese momento cuando me recuperé.  Justo a tiempo.

 

La saludé y le pregunté que qué hacía allí.  Ella me dijo que estaba llevando el dinero que habían recaudado.  Al verme la cara de extrañada, me peguntó si no me acordaba que hacía cosa de un poco menos de un año nos habían mandado una circular en la que ponía que se llevara algo de dinero para contribuir a la construcción de un comedor en Venezuela.

 

Yo le dije que sí, intentando disimular, ya que en realidad no me acordaba de nada de eso.  Cuando llegué a mi casa lo primero que hice fue preguntarle a mi madre que si ella sabía algo de una circular en la que se hablaba de un comedor en Venezuela.  Y claro que se acordaba, ya que la memoria es una de las virtudes de mi madre.  Sobretodo si se trata de algo así.

 

 

Ahora, después de dos meses, empiezo a recordar algo: un día en clase, vino la secretaria del colegio a decirle al profesor que no repartiera unos papeles, pero no me molesté en leerlo y se lo di directamente a mi madre.  Ella me dio unas monedas y yo las llevé al día siguiente a clase.

 

Parece mentira que un simple trozo de folio que ni me molesté en leer haya podido dar de comer a mis propios amigos.

 

Ahora me arrepiento de no haberlo mirado.  Si lo hubiera leído, no me hubiera quedado embobada cuando vi a la monja de mi colegio, y podría haberme informado más de cómo era el comedor, la gente que estaba ahí trabajando, de la comida que se servía y sobre todo del trato que se daba a los niños.  Aunque me imagino que los tratarán bien, ya que mis amigos están muy contentos y a mí, que también me quedo a comer en el colegio, me tratan bastante bien.

 

Después de esto me he dado cuenta de que hasta el mínimo papel puede llegar a tener muchísima importancia, aunque a simple vista nos parezca una tontería.  Y es que no podemos juzgar nada sin antes haberlo visto bien, porque nos podemos llevar sorpresas como esta.

 

También me he dado cuenta de que, aunque muchas veces ni nos enteremos, detrás de las buenas obras hay fantásticas personas siempre dispuestas a ayudar.

 

Yo de pequeñas quería ser actriz, porque antes pensaba que no había nada después de los típicos trabajos, pero ahora sé que hay otros menos abundantes y, por ese motivo, menos conocidos, como es por ejemplo el de la congregación de “Hijas del Patrocinio” , a la que pertenece mi colegio.

Ahora, que me queda ya mucho menos tiempo para decidirme sobre qué quiero ser, prefiero formar parte de la congregación, ya que me parece más importante su labor que cualquier otra.

 

Por eso opino que hasta el último momento no puedes tener nada totalmente claro, porque te puede pasar algo que te haga cambiar totalmente de opinión.

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